
Escribí sobre tu piel
el poema perfecto,
la metáfora de dios
tatuada en tu cuerpo.
Arrancándole imágenes
a cada silencio,
escribiendo mi boca
sobre tu aliento.
Buscando mis manos
la rima en tu espalda,
encontrando la métrica
en la sal de tu pecho.
En cada gemido
nació la cadencia,
que le dio el ritmo
a todos los versos.
Y en una explosión
de locura y deseo,
culminó la poesía
en las puertas del cielo.
Enlazados los cuerpos
admiran el texto,
y en susurros de amor coronan
el último verso.
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