
Te dije adiós…
prendiéndome luciérnagas en el pelo
para que alumbren el oscuro camino del olvido.
El que separa tu boca de mi boca,
sembrando ausencias como vidrios rotos
que desgarran un harapiento destino.
Descalzos mis pies se arrastran,
bordando encajes en cada pisada
de roja sangre en el suelo ambarino.
Mis heridas a cada paso te nombran
rogando desandar la ruta,
y acalla mi dignidad, con sal, sus quejidos.
Te dije adiós…
ungiendo mi piel con lavanda
para ocultar el acre olor en mi cuerpo, a vencido.
Mis llagas supuran tristeza bajo la pálida luna,
que jugando a las escondidas con las nubes
me niega su blanco alivio.
Comienza la lluvia su triste letanía,
bañando este rostro ultrajado
que repite tu nombre en un rezo sin sino.
Esta lluvia tan ajena y tan mía,
que llora conmigo mi mismo llanto
y acompaña mi pena con su canto cansino.
Te dije adiós…
poniéndole candado al dolor,
y tallando mis huellas en la senda que transito.
De la que no hay regreso, solo un largo andar,
con tu sombra colgada en mi espalda,
carcomiéndome este amor, al que mi corazón dio asilo.
Yo se que él no podrá matarlo, pero lo he decidido,
o se inmola este amor en el altar del olvido
o me arranco el corazón y sigo mi camino.
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