
Te enterré como Montresor a Fortunato
en una oscura gruta de donde no hay regreso,
te empujé en un recodo y lo tapié
cubrí sus paredes con mis huesos,
y esperé por fin deshacerme
de tu sempiterno recuerdo.
Pero tienes la habilidad del escapismo
y siempre alguien te trae entre sus dedos,
en unos versos triste,
o en alguna historia de desencuentros.
Y aquí estoy nuevamente,
hablando de los muertos,
en esto que no es poesía,
ni siquiera remedo de un buen cuento,
solo otro magro intento de arrancarte de mi piel,
de exorcizar mi alma, y exiliarte de mi pecho.
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